Veamos un primer vídeo donde se nos presenta este itinerario asistencial enfocado al tratamiento de la depresión. Está realizado por el servicio de Salud mental y adicciones del Hospital de Mollet.
Psicoeducación significa suministrar la información y proporcionar el marco teórico – práctico dentro del cual se puedan entender y afrontar las consecuencias de la enfermedad, colaborando activamente con el equipo terapéutico.
En esta sección explicareemos conceptos básicos sobre la depresión, sus características y subtipos, frecuencia de aparición, actitudes que podemos afrontar frente a ella y su carga genética o heredabilidad.
Damos unas ideas generales sobre la enfermedad. Su lectura nos permitirá familiarizarnos con ella y responder a algunas preguntas que se nos plantean con frecuencia
Veamos un vídeo resumen realizado por el Dr. Antoni Corominas Psiquiatra jefe del Servicio de salud mental y adicciones del Hospital de Mollet
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Psicoeducación:
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Depresión: Definición y características :
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La depresión es una enfermedad que comporta diversos síntomas en áreas como el ánimo, el pensamiento, el cuerpo y la conducta, pero de entrada hay dos cuestiones en las que se fundamenta su diagnóstico:
– encontrarse triste, desanimado, sin esperanza.
– perder el interés por las cosas y sentirse incapaz de disfrutar con lo que habitualmente hace que nos sintamos bien.

Debemos tener en cuenta que nuestro estado anímico puede encontrarse estable (en equilibrio, sin grandes oscilaciones: “eutímico”), bajo (“depresivo”), elevado o eufórico (“maníaco”) o bien irritable y cambiante (“disfórico” o “mixto”).
Por supuesto, pequeños cambios ante determinados problemas (o incluso sin razón aparente) de forma pasajera y de escasa intensidad, no deberían preocuparnos ni llevarnos ya al diagnóstico de la depresión. Es cuando este cambio anímico se halla presente prácticamente todo el día y durante un período prolongado (se suele establecer el criterio de más de dos semanas), cuando hablamos de depresión.
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QUÉ ES DEPRESIÓN I QUÉ NO ES DEPRESIÓN
¿Depresión = tristeza = llorar ?
Tristeza normal
– frustración, duelo
-reactiva
-autolimitada
-sin el conjunto de síntomas y signos físicos o “somáticos”
Tristeza patológica
-tristeza diferente
-más intensa
-más “corporal”
-más constante o bien con unos ritmos propios
(no dependientes de los cambios externos)
Veamos un vídeo sobre los síntomas de la depresión:
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Además de esos dos síntomas principales relacionados con el estado anímico y la capacidad para experimentar sensaciones placenteras, la depresión comporta otras alteraciones en diversas áreas, entre las que hallamos las siguientes:
– cambios en el apetito y el peso (lo más habitual es la pérdida de apetito y consecuentemente del peso, pero algunas formas de depresión pueden dar lugar a lo contrario).
– alteraciones en el sueño: éste no es reparador, y habitualmente se halla reducido en su duración, con dificultades en conciliar el sueño, como despertares durante la noche. O despertarse antes de la hora habitual y ya no poder volver a dormir. Sin embargo, en algunos tipos de depresión puede aparecer el fenómeno contrario: demasiadas horas de dueño, o sensación de somnolencia durante el día.
– cansancio, falta de energía, fatigabilidad.
– dificultades para concentrarse y realizar las tareas habituales.
– sensación de enlentecimiento (e incluso evidencia, por la observación externa, de lentitud en el habla, movimientos, pensamiento…).
– sentirse inútil, incapaz o incluso culpable por cosas que no deberían hacernos sentir así.
– pensamientos relacionados con la muerte, la pérdida de sentido de la vida; incluso ideas de suicidio o de acabar con todo.
Cuando aparecen varios de estos síntomas y llegan a tener tal intensidad que suponen una interferencia en la vida diaria, el trabajo, los estudios, las relaciones con la familia o los amigos… es cuando propiamente podemos decir que la persona sufre una depresión.
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¿Con qué herramientas se realiza el diagnóstico de la depresión?
Tal como hemos visto, diagnosticamos la depresión a partir de un conjunto de signos (señales objetivas que vemos en el individuo) y síntomas (las vivencias que nos comunica la persona acerca de cómo se siente); valorando, pues aspectos tanto verbales como no verbales de su comunicación con nosotros. A esto le llamamos la “psicopatología clínica”. Ello significa que las herramientas que tenemos los profesionales de la salud mental para detectar las enfermedades mentales y hacer el diagnóstico son fundamentalmente las que nos proporciona la exploración psicopatológica; a partir de nuestra experiencia profesional, la entrevista con la persona y los datos que aporten familiares o personas de confianza.
Podemos apoyarnos en test o cuestionarios que nos complementen o ayuden a perfilar mejor los síntomas descritos.
También deberemos realizar pruebas complementarias (análisis de sangre u otras exploraciones médicas) si sospechamos que los síntomas depresivos están causados o influidos por alguna enfermedad orgánica. Por ejemplo, una alteración en la glándula tiroides puede provocar, entre otros, síntomas parecidos a la depresión. También pueden provocar síntomas depresivos enfermedades como el cáncer, o tratamientos como los corticoides o algunos antihipertensivos, entre otros. El psiquiatra, a partir de los datos clínicos y las pruebas que considere oportunas, determinará si es necesario realizar otras exploraciones. Pero no hay ninguna determinación analítica, escáner u otras pruebas que sirvan para diagnosticar específicamente la depresión. Tan solo, como hemos explicado, sirven para despejar dudas acerca de otros factores o enfermedades que pudieran influir o modificar el trastorno (es lo que los profesionales denominamos el “diagnóstico diferencial”).
El consumo de drogas puede dar lugar también a estados depresivos o empeorar la evolución y la respuesta al tratamiento si sufrimos una depresión. La droga que con más frecuencia se encuentra relacionada con la depresión es el alcohol.
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Cuando una persona padece una depresión, puede tener una reacción inicial de negación (como ocurre frecuentemente con otras enfermedades) que haga más difícil su identificación, y retrase el tratamiento. Incluso la propia enfermedad puede comportar que al individuo y a su entorno le sea difícil identificarla como tal, ya que a menudo se interpreta como una consecuencia de no haber sabido gestionar un problema. También es frecuente que, ante el predominio de síntomas “físicos” (cansancio, falta de concentración, pérdida de apetito y sueño…) la persona y su familia (o su propio médico) piensen en alguna enfermedad “orgánica” y se pierdan en exploraciones y pruebas complementarias, o en remedios a veces sin ningún aval científico.
También puede ocurrir que, una vez hecho el diagnóstico y ante un retraso en la aparición de la mejora, o incluso al sufrir recaídas, la persona se vea abrumada por la enfermedad, la magnifique o sobrevalore, acabe organizando su vida en función de la misma, o adopte una actitud victimista, pasiva o resignada ante sus consecuencias.
Todo ello puede darse en cualquier individuo a lo largo de la evolución de la enfermedad, y lo importante es detectar esas formas de reaccionar que empeorarán el pronóstico, para poder modificar esas actitudes y “armarse” con una disposición y unas herramientas mentales que empoderen a la persona y la doten a ella, a su entorno y al equipo terapéutico para luchar conjuntamente contra la enfermedad.



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Puede ocurrir que, en un primer episodio, cuando aún se desconoce la enfermedad, sea difícil identificarla y actuar en consecuencia; pero si aparecen recaídas es importante detectarlas a tiempo para poner en marcha las pautas terapéuticas, la estructuración de hábitos, las medidas de apoyo que sean necesarias antes de que el episodio progrese.
Las señales de alerta ante una posible depresión son las siguientes:

Epidemiología de la depresión
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La depresión es una de las patologías más frecuentes y de hecho se considera que aún se halla infradiagnosticada: hay muchos casos que no se detectan y por tanto quedan sin tratar. Las consecuencias de un tratamiento tardío o inadecuado son un mayor riesgo de cronificación y una mayor resistencia de la enfermedad a los abordajes que se planteen.
La padecen alrededor del 5-10% de la población (aunque las cifras varían en función de si nos ceñimos a determinados tipos de depresión o abarcamos todas sus formas), el doble de mujeres que de hombres.
CON QUÉ FRECUENCIA APARECE LA DEPRESIÓN Y QUIÉN LA SUFRE MÁS
Prevalencia (casos/número de habitantes):
3-5 % → 20 % (incluyendo las formas “menores” o más leves)
Prevalencia a lo largo de la vida (riesgo de sufrir depresión en cualquier momento de la vida):
Mujeres: 20-25 %
Hombres: 7-12 %
“Factores de riesgo” (¿quién tiene más probabilidades de sufrir depresión?)
– sexo (mujer)
– acontecimientos vitales repetidos y graves
– vulnerabilidad psicológica
– personalidades “pre-depresivas”
(perfeccionismo, rigidez, hiperresponsabilidad…)
→ depresión endógena
– personalidades frágiles, inestables
(rasgos “inmaduros”, mala tolerancia a las frustraciones,
dependencia…)
→ depresión reactiva, psicógena, psicosocial
En términos de impacto sobre la salud y la carga sanitaria y social que supone, la depresión es la tercera causa de lo que se conoce como carga de enfermedad, tras la isquemia coronaria y de los accidentes vasculares cerebrales.
Las enfermedades mentales en general (y entre ellas la depresión entre las más frecuentes) suponen el 40% de las enfermedades crónicas. Si intentamos medir su repercusión en forma de calidad de vida y afectación de las capacidades y funcionamiento del individuo, las enfermedades mentales son la principal causa de lo que se denomina “años vividos con discapacidad”, por delante de enfermedades crónicas como la diabetes, la artritis, las enfermedades del corazón o las patologías respiratorias.
Se calcula que en 2020 la depresión será la principal causa de enfermedad en los países desarrollados.
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La depresión, al igual que el resto de enfermedades mentales o de cualquier otro tipo, es el resultado de una mezcla de factores genéticos y “neurobiológicos” (lo que denominamos predisposición a sufrir la enfermedad) por un lado, y de factores adquiridos o “ambientales” (o “psicosociales”: todo lo que ocurre a lo largo del desarrollo del individuo, los acontecimientos vitales, los aspectos que modulan sus rasgos de carácter, el apoyo recibido, los patrones aprendidos…) por otro.
Hay enfermedades en las que el componente genético (la “heredabilidad”) es muy elevado, como por ejemplo el autismo, determinados tipos de cáncer o enfermedades neurológicas como la Corea. Y otras en las que los factores externos o la influencia de los hábitos y los acontecimientos es más determinante. La depresión se situaría en un término medio: el peso de los factores genéticos es parecido al de los “ambientales”. De hecho se considera que la “heredabilidad” de la depresión sería de un 40%. Esto no significa que el 40% de los descendientes de una persona con depresión la vayan a padecer: significa que ante un riesgo de depresión, los factores “externos” pesan un poco más que los determinantes genéticos. En principio esto es una buena noticia, por cuanto nos indica que la parte que no podemos modificar (la que ya llevamos escrita en nuestros genes) tiene una influencia en el riesgo y desarrollo de la enfermedad algo menor que la parte sobre la que podemos actuar: actitudes, hábitos preventivos, aspectos relacionales y de afrontamiento de los problemas…
Si analizamos más en concreto el riesgo de padecer la enfermedad ante la presencia de antecedentes en familiares de primer grado, observamos lo siguiente: en el caso de la depresión mayor, la “tasa de recurrencia” (probabilidad de padecer la misma enfermedad que el familiar) se multiplica por dos o tres en comparación con la población general. Esto significa que, si la prevalencia de la depresión mayor es del 3 al 5 %, el porcentaje en familiares de primer grado se halla en torno al 10-15%.
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Podemos establecer básicamente dos ejes de diferenciación de las depresiones: en función de su “causa” (¡cuidado!, tal como hemos comentado, nunca hay una causa única, siempre es una mezcla de factores biológicos, psicológicos, sociales…, lo que cambia es la importancia o peso específico de cada uno de ellos) y en función de sus características principales.
En el primer eje diferenciamos básicamente entre depresiones “endógenas” (los aspectos neurobiológicos y genéticos son los predominantes) y “exógenas” o reactivas (las circunstancias o acontecimientos adversos son lo más significativo). Las primeras tienen un componente más “somático”: enlentecimiento, alteraciones de los ritmos de sueño y apetito, alteraciones del rendimiento intelectual, tristeza y vacío…, son más graves y responden mejor a los tratamientos farmacológicos. Las segundas tienen un componente más “emocional”, son más cambiantes en función de los estímulos, no son tan graves y responden mejor a la psicoterapia. Hay que tener en cuenta, no obstante, que gran parte de las depresiones requerirán una combinación de abordajes que actuarán de forma sinérgica o complementaria.
En el segundo eje diferenciaríamos la depresión según du duración e intensidad de los síntomas. Hablaríamos de depresión mayor (son síntomas intensos, que aparecen de forma episódica, recurrente) y “distimia” (con síntomas menos graves, pero con una evolución crónica, en el sentido de que los síntomas están presentes de forma prolongada. Los patrones de respuesta son a grandes rasgos similares a los descritos en el primer eje.
Sin embargo, los ejes mencionados no están tan claramente delimitados en la práctica habitual. De hecho, la “causalidad” es un aspecto complejo de la depresión, y el hecho de que aparezcan acontecimientos estresantes o negativos antes o durante la depresión no significa que ésta no pueda adoptar las características de una “depresión mayor” o de una depresión endógena”. Asimismo, las variantes cronificadas o de larga duración no solo pueden aparecer en la mencionada “distimia” sino que también pueden observarse en evoluciones “negativas” o de mala respuesta de la depresión mayor.
Hay ocasiones en que es difícil definir qué nos sucede, pero nuestro estado de ánimo y diversas molestias corporales confirman que no estamos bien. A veces estas molestias son la reacción a un determinado problema, por ejemplo cuando perdemos a un ser querido; pero otras, aparentemente no existe causa alguna y sin embargo el malestar continua sin que podamos describirlo con precisión. Las frases más representativas de este malestar indescifrable son: me siento mal, me duele todo, tengo un vacío, no sé qué tengo, etc.
Es necesario aprender a identificar qué sentimos, tanto física como emocionalmente; conocer cuáles son nuestras emociones, y cómo reaccionamos ante cada una de ellas. Como parte de este aprendizaje, veamos cuáles son las principales manifestaciones y consecuencias de lo que denominamos depresión.
Diferentes señales revelan su presencia, así como el grado en que se padece. Si bien es cierto que éstas pueden variar de una persona a otra, en términos generales podemos clasificar en cuatro grandes grupos (niveles) los síntomas frecuentes que revelan la presencia de una depresión y sus consecuencias.
Existe un síntoma que permea en cada uno de estos niveles y que está íntimamente asociado a la depresión, hablamos de la ansiedad. La ansiedad afecta a cada uno de los niveles que nos conforman (físico, conductual, motivacional y cognitivo) y, dependiendo de su grado, provoca que se acentúen o se interrelacionen de forma más compleja los diferentes síntomas de la depresión.
Veamos cada uno de esos niveles o grupos.
Psicofisiologicos:Las reacciones físicas frecuentemente asociadas con la depresión fluctúan entre la pérdida de energía y molestias corporales, hasta los trastornos del apetito y del sueño.
Pérdida de energía. La mayoría se siente cansado, sin energía. Algunos expresan sentirse fatigados desde el mismo instante en que inician una actividad y otros, ante el agotamiento, ni siquiera intentan comenzarla. Además, de acuerdo con el grado de depresión, este cansancio puede aumentar hasta el grado de afectar las pequeñas acciones de nuestra vida diaria, como es el vestirse o la ejecución de tareas que favorecen las normas mínimas de higiene.
Disminución del deseo sexual. Falta de deseo sexual y la correspondiente disminución de la actividad. En el caso de los hombres, pueden presentarse problemas de erección.
Síntomas corporales. Dolores de cabeza, de espalda o dolores en otras partes del cuerpo. De igual manera pueden existir dificultades respiratorias (disnea, taquicardia, etcétera), nauseas frecuentes o calambres musculares.
En otros casos, la existencia de un dolor crónico puede generar una depresión, derivando en un círculo vicioso en el que la persona tolerará todavía menos el dolor o en el que se sumarán otros dolores.
Alteraciones del sueño. El insomnio es una perturbación frecuente en los estados depresivos. Se presentan trastornos como: dificultades para conciliar el sueño o para mantenerlo, no poder iniciar el sueño o despertarse frecuentemente durante la noche; despertar antes de lo habitual; dormir de forma tan ligera que no se consigue un sueño reparador. En contraste, algunas personas deprimidas duermen más de lo habitual (hipersomnia).
Trastornos del apetito. Pueden ir desde la disminución del apetito hasta su aumento desproporcionado, inclinándose principalmente al consumo de alimentos ricos en hidratos de carbono.
conductuales Ya se mencionó que la pérdida de energía puede afectar las pequeñas tareas diarias, como el vestirse u otras acciones de aseo personal que repercuten en el autocuidado. La falta de aseo personal, el evitar las tareas cotidianas y una postura corporal que denota abatimiento (hombros caídos; movimientos sumamente lentos; falta de intensidad en la voz, voz apagada; inexpresión facial, etcétera) son conductas representativas de una persona deprimida.
Otros comportamientos que se presentan continuamente son: hablar incesantemente de sus problemas y de que forma los padece; el llanto; agresividad verbal e ingerir alcohol para aliviar el malestar, entre otros.
Las conductas interpersonales más típicas conllevan conflicto o deterioro de las relaciones sociales: evitar las interacciones sociales (soledad, aislamiento, pasividad), asumir actitudes sumisas ante otros buscando la validación externa, la reducción o eliminación de actividades de ocio, etc.
Emocionales y motivacionales La depresión afecta profundamente nuestros estado de ánimo, produciéndonos sentimientos de tristeza, desdicha, ira o frustración, entre otros. Estas emociones negativas interfieren en nuestra vida cotidiana.
La falta de motivación normalmente se asocia a pensamientos negativos que oscilan entre la desesperanza, la inutilidad y la culpa y estos pensamientos retroalimentan todavía más la inactividad y el comportamiento apático. Las frases típicas que expresan estos pensamientos son: No tengo ganas de nada; antes lo hacía, pero ahora no; me quedaría todo el día en la cama; no, ya no me interesa.
La incapacidad para experimentar emociones positivas (anhedonia), desencadena que las personas deprimidas pierdan el interés por las actividades, tanto las que antes les hacían felices como por cualquier otra, pues no logran obtener placer en ninguna de ellas. Esta incapacidad, aunada a la falta de voluntad (denominada abulia), subraya aún más comportamientos caracterizados por el aburrimiento, la apatía, la inactividad y el retraimiento.
Los pensamientos asociados a la depresión se caracterizan por ser circulares y rumiativos: obsesivamente se piensa de forma desorganizada, sin claridad y sin llegar a ninguna conclusión, en cuáles son los síntomas, en sus causas y en sus consecuencias.
La constante presencia de pensamientos automáticos negativos, de una percepción alterada del grado de responsabilidad en los acontecimientos (el creer que uno tiene el control externo sobre los acontecimientos negativos u un alta responsabilidad personal), y el estar solamente atento a uno mismo (alto nivel de autofocalización atencional) retroalimenta nuestro malestar pues intensifica la angustia emocional y, por tanto, favorece que aumente y se prolongue la depresión. Muchas personas se sienten perturbadas, inquietas o irritables y presentan sentimientos de abandono, e incluso pensamientos repetitivos de suicidio o de muerte (ideación suicida).
La mayoría de los pensamientos rumiativos expresan la desvalorización del sujeto, de su entorno y denotan una visión muy negativa del futuro. Las frases más comunes son: todo lo que pasa es culpa mía; no puedo tomar una decisión, soy un inútil; es que no valgo nada; no tengo ganas de vivir; soy un fracasado, etcétera.
De igual manera se presentan otros disfunciones cognitivas, como son problemas de memoria, dificultades de concentración, dificultades para tomar decisiones y déficit en habilidades de solución de problemas, entre otros.